Mi Mejor Regalo

Por: Evelyn Cruz Santos COLUMNISTAS
Desde el 20 de marzo de 2019 empezó mi cuarentena la cual se llamaría mi tiempo de reclusión e invalidez. Tiempo de olvidar el calor de mi sol borincano, de mi brisa cidreňa, del oler a leňa quemada. Tiempo de olvidar el cielo azul, los verdes diversos de las montañas el verdiazul del mar, la forma juguetona de sus nubes y la fantástica formación de los árboles. Decidí olvidarme de tanta belleza y dejar que el manto oscuro de la tristeza, me cubriera hasta acabar mis días en la pobreza, la soledad y el olvido de los que tanto me necesitaban.
Gracias a mi amigo Javier Carrasquillo, quien me favoreció con una ama de llaves por cuatro horas tengo buenos cuidados y tengo un profundo agradecimiento por el servicio que me prestaron. Durante la pandemia pusieron en cuarentena a las amas de llaves incluyendo a la mía, Sasha Aponte. Pero esta maravillosa mujer, se quedó cuidándome gracias a mi hijo Amir y a gente como Gladys Cosme, Carlos Román, Laura Torres, Roque Díaz Tizol y mis familiares Ginette Cruz, Peyito y Olga quienes están pen-dientes de mis necesidades.
Este día del que les hablo tenía que ir a un laboratorio y mi hijo Amir le prestó la guagua a Sasha, para que me llevara y Vimarie la ayudante de Myrna la dueña del laboratorio, a quienes adoro, me sacó la sangre a las orillas del local, en menos de cinco minutos. Cuando nos fuimos me infectė de Cidra. No conocía a nadie por sus mascarillas, pero reconocía su andar, su saludo de manos, su asomo a las puertas de sus casas, porque todos saben lo que es Cidra en mi corazón. Así es que le dije a Sasha que hacía años que no veía el mar. Como ya ustedes saben no soy una apasionada del mar y mucho menos de las playas, pero mi isla es mar por los cuatro costados y quiero ver el mar Atlántico. Sasha es muy respetuosa y me pide que volvamos a la casa a pedirle permiso a Amir. Y yo por respeto a su educada forma de pedirlo la complazco. Y don Amir nos concede el deseo y Sasha considera que donde debemos ir es hacia Humacao. Créanlo o no, ni me acordaba que Humacao tenía playa (no se rían) porque he ido a Punta Santiago como dos veces en mi vida. Camino a esa hermosa Playa les juro que Caguas me parecía diferente y la ruta hasta allá pensaba en que harían los Taínos del cacique Caguax y Jumacao en el siglo XV. Cuando voy de pasajera, como siempre, observo tanto que hasta cuento las colillas de cigarrillos en las ori-llas de las carreteras. Los árboles ni se diga. Su color y su despliegue enervan mi fantasía y creo historias que recrean su orgullo y verdicolor competencia de los unos con los otros. Al llegar a Punta Santiago aparece la descarada presencia del mar como recordándonos que su poder es incomparable, su rumor es inigualable y el color que le roba al cielo, es inimitable. Su azul lo he buscado en telas para mi vestido y solamente se parece. Su verde estará en las hojas de las plantas que conozco y no es igual. Todo lo que es el mar nos trae paz, serenidad y descanso. Si bien todo es soledad por motivo de la cuarentena; la naturaleza toda, esta cansada del ruido y de la prisa a la que la sometemos y esta confabulada con el maldito virus, para ver si aprendemos.
Salimos de la hermosa ruta humacaeña y caemos en el hermoso y bien cuidado malecón de Naguabo. Lo que no comprendo es cómo se llega de un pueblo a otro tan ligero. Este sí lo recuerdo porque fui allí a Makito, un lugar inolvidable con Amir y Gladys, a comer el más delicioso pescado y el pan mas bien hecho que he probado; aunque por mi problema circulatorio, no pude caminar de arriba abajo el malecón. Mis recuerdos trajeron lágrimas a mis ojos ya que había pocas personas caminando y menos lugares de comida abiertos.
De allí vemos a lo lejos a Juncos, pero no le pedí a Sasha que entráramos porque quise ver la plaza de Humacao y todo fue un desastre. Seguimos para Gurabo, que es pueblo natal de Sasha y se las pasó contándome y enseñándome de sus escuelas, de su familia y se sorprendió cuando vi aquellos cientos de escaleras de su pueblo. Desde luego que yo había ido a Gurabo, cuando en el año 2007 me dedicaron la Semana de la Lengua De Español y casi todas las escuelas del país me invitaron a visitarlas. Pero los únicos pueblos de los que recuerdo con escaleras son Come-río porque las subía y las bajaba de niña y las de Yauco cuando mi protectora Laura Torres me llevó a verlas. Ahí es que Sasha me dice: “Pero tú no sabías que a Gurabo le dicen el pueblo de las escaleras?” No ...no lo sabía. Pero ella no sabía que ese es el pueblo de don Matías González escritor puertorriqueño del que siempre se dijo que escribió el famoso cuento El velorio y que una de las escuelas que me mostró lleva su nombre. Ah… y quién era el abuelo de mi jefe y mejor amigo Jorge González Monclova.
Por fin emprendemos el regreso a Cidra, no sin antes comprar pollo asado con vianda y pan para venir a almorzar con don Amir. Salimos en mi paseo a las nueve de la mañana y llegamos a las tres de la tarde. La alegría que me apretaba el pecho era tan inmensa que no sabía si gritar: “Gracias mi Dios por dejarme contemplar tu mar, tu cielo, tu verdor y toda creación hecha en seis días para nuestro disfrute. Alabado sea Tu nombre” y esa noche dormí mejor que nunca. Gracias don Amir y gracias a mi cuidadora Sasha.

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